miércoles, 30 de enero de 2013

Pleurs.


Se desgrana el hielo de tus ojos;
cae derramado sobre tu mejilla
un trozo cristalino de iris,
se deshace en tu boca,
escurre por tu mentón
y cae al piso
salpicando las paredes
con un sonoro latido
que declara
el fin...

domingo, 20 de enero de 2013

Desde el lunes las bancas de la esquina serán ocupadas de dolor y nostalgia, allí alguien las abandonó.



A medida que pasaban las horas de sueño se daba cuenta inconscientemente que el día siguiente iba a ser una día complicado. Se levantó llorando, ya sabía que iba a ser así; lloró un rato largo sentada  con los pies colgando sobre el borde de la cama, sopló su nariz, secó sus lágrimas y se alentó a hacer todo más temprano de lo planeado. Con pocas horas de sueño en el cuerpo comenzó a vestirse para luego partir.
Al llegar al lugar las caras largas eran cotidianas, pero esta era la primera vez que le sonreían y hasta parecían apiadarse de ella aquellas personas, de igual manera de sus bocas salían frases desalentadoras que parecían hacer imposible su cometido. La mandaron de un lugar a otro, a hablar con tal y luego con aquél y al final le dijeron que volviera el lunes siguiente. En ese momento ya no importaba, en realidad hacía ya tiempo que no importaba, desde luego el único motivo de llegar a aquel nostálgico lugar era otro, es entonces que su trámite duro menos de cinco minutos pero quería permanecer en ese sitio por un rato más. Caminó por los alrededores, preguntó la hora en que habría el banco, compró un encendedor en el kiosco de al lado  y debe haber pasado unas siete u ocho veces por la puerta del deteriorado y viejo edificio de en frente esperando que él se asomara y de lejos aunque sea la reconozca, y así cruzar unos mínimos segundos sus miradas que dirían mas que su boca en toda la vida, pero sabía que era muy poco posible. Decidió alejarse un poco más y reposar sobre unas bancas que estaban casi llegando a la esquina, pensar quizá un plan para entrar allí y que ocurriera algún milagro. Siempre le parecieron un tanto románticos esos asientos, nunca se sentaron juntos en una, nunca fueron románticos. Miró el reloj por quinta vez y solo habían pasado tres minutos. Se levantó, se dirigió al banco e hizo un par de preguntas que le contestaron con bastante seriedad, volvió al kiosco, compró otro encendedor, otros tres minutos más. Pensó que quizá si las cosas salían como lo esperaba para el lunes siguiente ya no volvería a saber nada de él y esta podía ser su última posibilidad. Tomó coraje, se dirigió hacia la puerta del lugar y recordó que no tenía nada que decir, dio media vuelta y pensó en caminar cerca de la ventana principal, que de seguro de ahí podía ver algo, pero debía pasar a una distancia prudente, muy cerca sería notorio, muy lejos sería una excursión ineficiente. Rodeó el lugar, caminó cerca de las ventanas, pero no miró, no se animo, si miraba y no estaba había gastado casi 20 minutos de su vida en nada; si miraba y estaba podía romperse su alma en miles de pedazos, de todas formas no quiso arriesgar. Cruzó la zona mirando el reloj, mirando hacia cualquier lado menos donde quería, dobló en la esquina y aprovechó para hacerle unas averiguaciones a su vecina en el edificio continuo. En aquel lugar nadie contestó, pero había cientos de notas pegadas en los ventanales con las respuestas a todas las preguntas que se le ocurrieran a uno, definitivamente es una buena forma de ahorrarse tiempo trabajando. Comenzó a darse cuenta que debía regresar hacia la calle principal para encontrar un transporte que la devolviera a su hogar, necesariamente debía volver a pasar por la casona mas horrible del mundo que contenía la cosa mas hermosa del mismo mundo. Volvió a hacer el recorrido a la inversa, pero esta vez se dirigía hacia las bancas de las esquina nuevamente, de esta forma pasaba un poco mas lejos de aquellas ventanas; se frustro un poco mas y se avergonzó un poco menos. Caminó y se acercó a ella un perfume muy parecido al de su cuerpo, su corazón comenzó a latir mas lento y vigoroso, recordó la primera vez que lo miró, la segunda, la tercera, y la cuarta por supuesto, en esa se enamoró. Un golpe de viento le hizo girar la cabeza hacia la ventana principal del horrendo lugar y en unos pocos segundos pudo verlo, de perfil, lucía mas delgado que de costumbre, mas alto y mas hermoso; se le llenaron los ojos de lágrimas, su corazón se partió por infinita vez. No llegaron a cruzar miradas, o no estaba muy segura de eso, porque en el momento que giró su cabeza en su dirección, ella la giró hacia su destino, las celestiales bancas, que en ese momento parecían verse como los asientos del infinito paraíso en las que necesitaba desmayarse y relajar su cuerpo lleno de dolor alegre. Sabe que la vio, sabe que buscó hacerlo y sabe además que fue la última vez. Para el lunes siguiente, la horrible casona que yacía como un viejo velatorio, ardió en llamas donde todos sus recuerdos y todos sus muertos volaron en cenizas por el largo cielo inundado de un alba naranja, resplandeciente por el fuego y ennegrecido por la escoria. Nunca más pudo ver ni de lejos una sombra de él.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Al oriente del Edén.



Esa cara de afligido, siempre esa cara. No se si tenerte lástima o simplemente burlarme, a vos personalmente te odio; siempre intentando ser quien no sos, reo, superfluo y vulgar, una vulgaridad bastante elegante, de esa que solo pocos pueden portar. Único en tu parasitismo, siempre desambiguando con el mundo, deprimiendo a quien te roce, triste, insoportable, viviendo porque nadie te cobra por hacerlo, viviendo para ofender y lastimar. Endemoniado. Siendo quien crees que sos para destacar, para hacerse detestar. Envidia pura, débil. Fallás siempre en la manipulación, perdiste la gracia. Estorbo resonante, como el eco de una montaña, una voz que grita al vacío y es oída por primera vez a mil kilómetros de distancia. Llorás porque es lo único que te queda dentro de lo simple humano y mundano, pero nada mas, el resto se fue hace rato. Has cambiado las circunstancias, pero tu forma de ejercer el poder sigue siendo la misma. Si fuera vos me practicaría un 'harakiri ', es lo único que te queda para morir con con honor, y si no, podés esperarme a mi que nada se de agricultura ni de rendir ritos a Yahavé, pero se de ataques y mi bolso esta listo para ir al oriente del Edén y mi frente ya tiene la marca de la vida eterna.



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jueves, 6 de diciembre de 2012

Cursilandia: el país donde se sueña con amor.


Los vecinos de abajo charlan muy fuerte; Canela se me acerca, apoya su hociquito en mi mejilla y se va a sentar en su trono desde el que me mira y me sonríe, juro que sonríe mientras entrecierra los ojos, contornea su cuerpito con su cola y se queda quieta, sólo mueve las orejas, siempre atenta. Yo, me siento e intento recordar lo que soñé, me levanté feliz, como cada vez que te sueño. Creo que caminábamos por varios lugares tomados de la mano, nada nos separaba, nos agarrábamos muy fuerte, como quienes no quisieran separarse jamás el uno del otro. Pienso; si las personas se tomaran mas tiempo de las manos el mundo sería mejor, si dos personas que se aman se agarraran mas fuerte, su amor sería eterno. Las manos, lo mas externo, lo mas visible del amor; con ellas damos y recibimos, una caricia, una palmada de aliento, una reverencia. 
Que raro es soñar cada vez que cierro los ojos con la misma persona. Me resulta increíble que alguien pueda perpetuarse en los sueños, no se, nunca me había pasado. Quizá para Neruda era algo habitual, así como para Shakespeare era una rutina y para Adolfo Bequer una cotidianidad.
Que simple es esto del amor. Uno no entiende nada hasta que lo siente, y una vez que lo siente todo parece descifrarse,  permeabilizarse, encontrarse... justificarse. Es cierto, no lo había pensado hasta hoy, el amor justifica todo. Toda buena acción capaz de ser percibida por el resto del mundo o no, esconde una connotación de amor, a veces muy notoria y otras no tanto, pero siempre hay una leve melodía de fondo que justifica con amor.
Yo amo porque me siento amada y cuando me siento así, amo y nada mas; el resto, acciones y palabras, solo fluyen con el viento rozando tus mejillas, con el sol alumbrando tu camino o con la luna velando tu sueño.
Cuando te amo puedo mover montañas, agitar o calmar los mares... volar. Cuando te amo puedo ser quien soy. Cuando me amas soy quien quiero ser el resto de mi vida. 

martes, 30 de octubre de 2012

Caminando por tu belleza.



El universo se concentra en un solo punto,
mi universo se concentra en un solo punto.
Es ese punto que conozco completo,
ese punto que te recorre lentamente contorneando tu amplia espalda,
fría en el verano, cálida en el invierno.
Extenso mapa de lunares,
cada uno marca un secreto que de a poco voy descifrando,
conozco su aroma,
su textura y su color;
la conozco completa, desde arriba hacia abajo,
la he recorrido tantas veces con las yemas de mis dedos que ya es casi mía.
Luego te volteas hacia mí dejando ver mi parte preferida,
tu rostro dormido,
                              calmo,
                                         quieto,
                                                    silencioso,
                                                                     perfecto.
Tus cejas doradas arqueadas,
se asemejan al sol en sus últimos minutos sobre el cielo;
tus ojos, destellos de dolor encajonado,
de luz agotada, de amor apagado,
me miran,
brillan mas y se cierran,
vuelven a dormir.
Tu nariz, un tobogán de magia que converge en la perfección algodonada de tu boca.
Ay si pudiera tirarme por ese tobogán y aterrizar en tus labios,
caminar de comisura a comisura,
abrazarlos y olerlos,
sentarme en la orilla y pensarte,
luego,
reposarme y dormirme,
sería el paraíso perdido por los primeros que habitaron la tierra;
y así despacito hacerme parte de cada
centímetro,
                  poro,
                          lunar,
                                   cicatriz
                                              de tu cuerpo.





miércoles, 19 de septiembre de 2012

Ambivalente.


Todo lo veía oscuro con aquel ojo, el derecho. Podía estar viendo la criatura mas bella del planeta con su ojo izquierdo, pero con el otro veía una terrible bestia con dientes afilados y un aglutinante líquido viscoso y mal oliente resbalando entre esos cuchillos afilados que salían de esa boca rígida; una bestia del mismo infierno de ojos rojos penetrantes y agresivos. La mitad de su rostro mostraba compasión y ternura, la otra mitad, desprecio y ganas de huir. A veces decidía encerrarse en las penumbras de su mundo para no ver nada ni a nadie que le hiciera sentir esa sensación de malestar derecho y bienestar izquierdo. Nada en su vida era demasiado normal, ninguna rutina, o silencio o música. Comer le daba acidez de un lado y satisfacción del otro; una simple ración de algo podía ser una delicia y un conjunto de gusanos al mismo tiempo según la perspectiva. Adalgracia no sabía nada de esto; no comprendía muchas veces las extrañas actitudes de su marido. Hacía ya casi veintiocho años que estaban juntos y había aprendido a lo largo de todos esos años a aceptar sus momentos de angustia y soledad en silencio, como si nada pasara. Él solo quería matarla desde que la vio por primera vez en aquella reunión en casa de sus suegros cuando apenas ambos tenían diez años, pero su ojo izquierdo sentía por aquella mujer algo muy parecido al amor y eso le impedía terminar con el asunto.
Adelfo y su familia recién llegados a la ciudad, habían sido invitados por sus nuevos vecinos los Morticur a tomar el té a modo de bienvenida, y además, para conocerlos y ofrecerles cualquier tipo de ayuda, como presentarles la ciudad o los negocios con mejor mercadería, mejores precios y ofertas, como se estilaba hacer en aquel entonces. Adelfo era un niño callado de rostro pálido y sin expresión, frío y de una mirada muy misteriosa. Ese día fue obligado a jugar con Adalgracia; él solo recuerda ese sentimiento de odio irracional hacia ella que lo llevaba a querer una sola cosa, su muerte. A medida que fueron creciendo la vida y los padres de ambos, quienes habían entablado una buena relación, los encaminaron hacia la puerta del sagrado matrimonio. El misterioso hombre nunca opinaba o discernía, solo acataba órdenes que luego cumplía, temía contradecir a las personas por miedo a lo que eso pudiera generar en él.
Un día mientras miraban el atardecer tras las montañas, creyó que era el momento oportuno para revelarle a su mujer el secreto que venía ocultando desde que conoció el mundo. La miró.
Adalgracia tenía esa sonrisa poco común que trasmitía caricias al alma, era una mujer poco agraciada pero de muy buen corazón, por eso tenía muchas amistades a las que visitaba los días que Adelfo tenía esa mirada turbia que pedía a gritos soledad; ella lo entendía y se iba respetando su muda petición.
Esa tarde, esa misma sonrisa iluminada de perfil por los pocos rayos de sol que quedaban sobre el horizonte, hicieron que la mejor parte de Adelfo se sintiera a gusto para hablar, pero su peor parte vio en el rostro cálido de Adalgracia una risita risueña y diabólica que lo enfurecieron mas que nunca, como si de cierta forma esta desgracia que vivía el consternado hombre tuviera vida propia y supiera lo que estaba por hacer. Ese sentimiento homicida que estremecía todo el largo de su cuerpo dividido era una clara señal de que no debía hacerlo, así que decidió tragarse su amarga bola de odio y callar para nunca más volver a intentar hablar del tema.

Creyó también que la solución a su pesar era terminar con su vida, pero sabía que un arma capaz de realizar esa labor, puesta en su mano izquierda, haría de esta una tarea nunca realizada, pues carecía de valor ese sector; si la tomaba en cambio con la otra extremidad jamás llegaría a su fin, podía terminar en cualquier catástrofe que nada tendría que ver con su verdadera finalidad; romper su existencia.
A lo largo de su vida había encontrado diferentes formas de controlar su mal, diferentes técnicas que le daban algunos segundos de respiro cuando la ira se apoderaba de él, por ejemplo, taparse el ojo con la mano contraria, como quien se friega el rostro por cansancio, pero ya todos saben que en este mundo la energía del diablo es demasiado fuerte como para tratar de esconderla.

Hacía algunas semanas había entrado al régimen católico, creyendo que había caído en una brujería sin querer. Habló con un sacerdote buscando alguna especie de sanación o milagro, pero el clérigo por error tomó al afligido por el hombro derecho y sin tener tiempo a reacción alguna, Adelfo le contestó con un fuerte golpe al brazo del pobre viejo, de tal magnitud que este quedó desconsolado lloriqueando de dolor en el piso mientras el otro salía corriendo despavorido de horror, miedo o vergüenza, quien sabe. Llegó a su casa donde Adalgracia quien preparaba la cena, saltó del susto y giró su cabeza para encontrarse con el rostro descolorido y transpirado de su marido, y en un ademán inesperado se le acercó y acarició la mejilla equivocada del hombre en un gesto de consuelo. Adelfo sin poder luchar con su monstruo interno quizá por cansancio o por no querer, tomó el cuchillo con el que minutos antes ella trozaba un pavo y lo apoyó en su garganta, frío y con restos del ave que sería la cena. Adalgracia sintió ganas de gritar en busca de ayuda o de una reacción para traerlo de nuevo en si al hombre, pero no pudo, Adelfo la tomaba con firmeza del cuello con su mano izquierda que esta vez, parecía compartir el sentimiento de la mano contraria que sostenía fuerte el cuchillo en la garganta de la mujer. Forcejearon unos minutos. Ella en un intento de defenderse y él en un intento por concretar el acto, generaron un trastabille en el que ambos terminaron en el suelo junto con la mesa que contenía el vasar listo y preparado para la cena. Todos cayeron. La lucha continuó unos segundos mas entre los trozos de platos y vasos rotos, hasta que Adalgracia logró safar una mano para así tomar un trozo de vidrio, con el que acto seguido penetró el ojo derecho de su marido al mismo tiempo que el filo del cuchillo desgarraba y separaba la piel y la carne que envolvían el sudado cuello de la mujer. De pronto, el fulgor rojo de los ojos de Adelfo desaparecía y la calma retornaba a la vieja casa, mientras Adalgracia en un último suspiro prenunciaba un “lo sabía” y moría con una sonrisa en su rostro, la misma sonrisa que acariciaba el alma de Adelfo quien lloraba de alegría y tristeza en aquel charco de sangre que ahora eran los restos fluidos de la mujer que le quitó una desgracia para darle otra nueva.

viernes, 6 de julio de 2012

Caterva resoplante del aire que no está, de la imaginación que no vuela, del llanto que no se manifiesta.


                    Yo, pseudología fantástica;
                    vos, refutación.